vaba con envidia uno de los aplicados. — Extravagancias suyas. — No, es que se fija siempre en tí. — ¡ Bah ! exageráis. Me pareceré á algún pariente, ó amigo. . . . 1 5 — No disimules. Es imposible que no sepas la causa. — Dínosla, Palomita. Sácanos de penas. — Idos á paseo. — Es que el día que no vienes á clase, está él como en brasas. Aquí hay gato encerrado, y tü eres un hipocritón, 20 un maula, que te lo callas todo. — Por el siglo de mi abuelo, que estoy pasmado también de su conducta ; pero no atino en qué pueda fundarse esta rareza. Ello es que yo en mi interior creía haber encontrado la 25 clave del problema, pero me era tan humillante darla, que opté por guardármela en el bolsillo. Estaba visto : era evi- dente. El señor don Félix se reía en grande : espantaba el mal humor á cuenta mía. Hacíale gracia mi misma inepti- tud, como á los reyes la propia deformidad de sus bufones; 30 y sin duda él, que tantos análisis había realizado, quería determinar cualitativa y cuantitativamente los grados de estolidez que alcanza un estudiante de medicina. Sea todo por Dios, pensaba yo; sirvamos de mono á este grandísimo loco, que lo es si no mienten los indicios. Encerrado debiera PASCUAL LÓPEZ 69 él estar en Orates, no haciendo fábula y juguete de una per- sona inofensiva que no se mete con nadie. Esta solución, en mi concepto muy obvia y única que racio- nalmente era posible dar al enigma, parecíame á mí que se les ocurriría también tarde 6 temprano á mis condiscípu- 5 los. Me preparaba ya, y apercibía cachaza para aguantar todo linaje de chanzonetas, donaires y pullas, más 6 menos pesadas y sangrientas. Paciencia habré menester, calculaba yo, y aun quizás me estuviera mejor no volver á presentarme en la cátedra de química, aunque naufrague después en los 10 exámenes. Tales eran mis reflexiones : mas ¿ quién pudiera, á no ser zahori, adivinar el gracioso desatino que mis com- pañeros idearon? Es cosa averiguada ya que las muchedumbres huyen, para la interpretación de los hechos, de las causas naturales, 15 llanas y corrientes y rebuscan los orígenes más extraordina- rios é inverosímiles. Cuando las cosas pueden explicarse sin violencia, por sencillos y vulgares móviles, la gente no queda satisfecha si no las atribuye á motivos desusados y novelescos. A tal procedimiento fué sujeta la historia de 20 mis relaciones con Onarro. En vez de admitir que Onarro era un humorista implaca- ble al modo inglés, y yo un alumno corto de luces, y que el profesor se divertía conmigo, supusieron (atención) que yo recataba, bajo capa de ignorancia, un tesoro de estudios y 25 conocimientos ; que Onarro lo sabía ; que mi disimulo se encaminaba á no eclipsar al sabio dejándole tamañito; pero que Onarro empeñado en descubrirme, trataba de herir mi amor propio por todos los medios posibles é imaginables, á ver si en un arrebato de susceptibilidad me quitaba la más- 30 cara, presentándome con mi verdadero semblante de químico ilustre, émulo y sucesor de Lavoisier. Algún embustero de oficio y gracioso de café debió de inventar esta especie que, como llama en yesca, prendió al ^0 PASCUAL LÓPEZ punto en la deshecha credulidad de los escolares. Unos visos y perfiles de verdad le prestaban mi recogido vivir, mi suerte en los pasados exámenes, mi fama recién adquirida de formal y estudioso, y sobre todo, las caprichosas distinciones 5 de Onarro. Corrió de boca en boca la patraña, tanto más comentada y creída cuanto más enorme. Yo no sé qué correos aéreos, qué telégrafos invisibles, qué misteriosos genie- cillos, trasgos ó duendes alígeros y veloces desempeñan el encargo de esparcir y comunicar las nuevas : lo que afirmo I o es que no los hay más diligentes y puntuales, ni tampoco más amigos de enredos y mentiras. Porque ya perdonara yo que se contasen, descubriesen y trompeteasen los hechos, sin poner ni quitar un ápice ; mas no se avienen á ello los susodichos duendes 6 lo que sean. Las noticias, como la 1 5 bola de nieve, engruesan á medida que caminan y concluyen por desfigurarse tanto y alcanzar tan hidrópica magnitud, que no las conociera la misma madre que las parió. YX pro- ceder de Onarro para conmigo salió aumentado de los mis- mos bancos de la cátedra; ya no era sólo que el profesor 20 reparase en mí ; era que me trataba de igual á igual; era que me había llamado, conferenciando largo rato los dos acerca de arduas cuestiones científicas ; era que había dicho á sus compañeros de profesorado, en sibilíticas y misteriosas frases, que no sabían la joya que en mí poseía la Escuela, y que me 25 mirasen con mucho, mucho respeto. ... En fin, por este estilo, mil y mil ridiculeces. Diéronme sobre tan socorrido tema larga matraca mis compañeros; no podía poner el pie fuera de casa sin que acudiesen á estrecharme la mano y abrazarme cinco ó seis 30 de aquellos pesadísimos tábanos. El mismo D. Nemesio, con la mayor cordialidad y buena fe, vino á darme el para- bién, manifestándome que en las distinguidas casas que frecuentaba le molían á preguntas relativas á mi persona, y estaban deshechos por conocerme y tratarme : en Dios y en PASCUAL LÓPEZ 7 1 mi ánima que pude entonces adquirir tan buenas relaciones como D. Nemesio. . . . La broma me iba pareciendo ya sobrado prolija, y final- mente tomé el partido de dejarla correr, pensando con juicio que el tiempo todo lo descubre y la verdad sobrenada áiem- 5 pre. El mal giro que tomaran mis asuntos amorosos me traía bastante preocupado y pensativo, contribuyendo á que me pareciesen de secundario interés los demás negocios. Ocu- rrióme ir una mañana á casa de don Vicente, sin esperanza alguna de ver á Pastora, pues harto me constaba que el centi- 10 nela enemigo estaría, según costumbre, de guardia. Hallé al canónigo recostado en el ancho sillón, afligido de unos dolorci- llos de gota que no le consentían dar su cotidiano paseo. Ante sí y en el pupitre tenía una carta abierta, el sobre roto, y dos ó tres periódicos cuyas fajas alfombraban el piso. Al verme en- 15 trar depuso el que leía, y mirándome con curiosidad exclamó: — Venga usted acá, venga usted acá. Tenemos que ajustar unas cuentas. — ¿ Querrá hablarme de Pastora ? — pensé inquieto. — Y en alta voz: Sr. D. Vicente — contesté — ajuste usted, que 20 aquí estoy dispuesto á rendirlas puntualísimas. — Pues prepárese, porque voy á ser minucioso. Estoy tan admirado, me ha cogido tan de nuevas la especie, que no sé si la crea. ... — Ciertos son los toros, — calculé : y me puse contrito. 25 — i Yo bien quisiera creerla, canario ! Tendré uno de los ratos mejores de mi vida, si puedo escribir á sus padres de usted la enhorabuena. Conque, por lo visto, es usted una notabilidad, una lumbrera en química. — ¡ Ah ! — murmuré yo como si despertase de un sueño 30 profundo. — ¡ Esas tenemos, señor don Vicente ? ¿ Hasta usted han llegado tales nuevas ? — Y me dejaron al pronto más patitieso que estaba, porque no podía comprender de qué modo había usted 72 PASCUAL LÓPEZ llegado á tal altura ; pues si bien es cierto que se enmendó usted mucho, todavía sus estudios no . . . — Y acierta usted, señor canónigo. Crea usted que esas cosazas que se propalan por ahí, no tienen asomo de funda- 5 mentó ni visos de sentido común. Yo lo siento en el alma; quisiera ser uno de los siete [sabios] de Grecia; pero Pascual López nací, y Pascual López á secas, mondo y lirondo, sin aditamentos de notabilidad ni de prodigio, he de ir á la fosa. 10 — Con todo eso, es muy extraño que corran tales voces sin que se basen en algo. Y la fama lleva ya su nombre de usted más alia de Santiago. Lea usted, lea usted este perió- dico : es de Pontevedra, — me dijo tendiéndome el que en la mano guardaba. 15 Tomé la hoja impresa, y busqué el sitio que el canónigo me señalaba con la uña. En la acción de entregarme el diario, el codo de D. Vicente tropezó con la carta medio plegada sobre la mesa y le imprimió un leve impulso que la hizo desdoblarse del todo. Una indiscreción involuntaria 20 retuvo mis ojos fijos en ella, y vi, como en un relámpago, dos nombres que me hicieron casi saltar en la silla : el de Pastora y el de Victor. Seguí mirando afanoso, proponiéndome sorprender el contenido entero de la epístola; mas el brazo del canónigo se posó sobre ella y su voz resonó gritándome : 25 — Lea, lea. Con voz alterada y el tonillo maquinal que adoptan los niños cuando leen sin comprender, recité el siguiente párrafo : Nos dicen de Santiago, que aquella Escuela de Medicina cuenta 30 entre sus alumnos un joven notabilísimo, una esperanza para el país. Este joven, hijo de padres honrados, pero humildes, ha llegado, merced á sus grandes dotes y profundos estudios, á llamar la atención de un profesor también célebre, que hace poco vino á Compostela. Se asegura que en breve saldrán juntos ambos á PASCUAL LÓPEZ 73 visitar los establecimientos y adelantos científicos en el extranjero. Felicitamos al Sr. D. Pascual López, gloria de esta Galicia tan calumniada^ ultrajada y desdeñada por los que no la conocen, etcétera, etcétera. — ¿ Hay otro que se llame Pascual López entre los alum- 5 nos de Medicina ? — interrogó D. Vicente cuando hubo concluido el suelto. — No señor. — Pues entonces, bien claro está que es usted el aludido. — Yo soy, sí señor ; no lo niego. Si esta temporada no 10 se habla de otra cosa. — Pero entonces, ¿ es embuste todo lo que ahí ponen ? Imposible parece — murmuraba D. Vicente volviendo á su cavilación primera. — ¿Es falso también lo que dice del profesor ? 1 5 — Que el profesor me distingue, es exacto : me distingue como á nadie ; pero lléveme Judas si atino con la razón. — De cualquier modo, usted debe de haber estudiado este año un poco más : puede que en esa asignatura haya usted puesto sus cinco sentidos : y como al fin y al cabo esas 20 ciencias modernas son una cascarita brillante y presto se llega al fondo, tal vez esté usted en efecto en la cúspide de ese ramo del saber. Otro gallo le cantara si se tratase de profundizar la teología ó la pura latinidad clásica. Tácito y Horacio son los autores de muchas de estas canas, que 25 ahora ya justifican los años, pero que asomaron antes de lo debido. En fin, yo me holgaré de que salga usted un doctor, siquiera para no dejarme quedar mal. . . . Mientras hablaba el canónigo, revolvía yo en el magín los medios de echar la vista encima á aquella carta, presa bajo 30 su brazo. Al fin me ocurrió un expediente. — Sr. D. Vicente — le dije — ¿ quiere usted hacerme el favor de permitirme que copie ese suelto para mandarlo á mis padres ? Déme usted un retacillo cualquiera de papel. 74 PASCUAL LÓPEZ El canónigo alzó el codo . . . pero fué para asir la carta, partirla en dos mitades, darme la blanca y guardar bonita- mente la escrita en el bade de cuero que ante sí tenía. Nada pude pescar ; copié el suelto, y después de otro rato 5 de plática con D. Vicente, en que hablamos de política, comentando las noticias de sensación que en aquella agi- tada época abundaban, me despedí. Salíme á la antesala, mirando, no sin melancolía, el pasillo qui guiaba al cuarto de Pastora. Al descolgar de la percha mi capa, un objeto 10 blanco se deslizó de entre la esclavina y vino á caer á mis pies. Lo recogí apriesa, era una carta cerrada sobre sí misma y con obleas, á la antigua española, un tanto arru- gada y con un sano tufillo á espliego, aroma especial de que la ropa de Pastora estaba impregnada siempre. Así el olor 1 5 como los arrugas me indicaron que la misiva, antes de ir al buzón de mi esclavina, reposó sobre el corazoncito de mi Dulci