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Sentados en el andén vimos aparecer a una muchacha chino-australiana que se hacía pelotas para encadenar su equipaje. La estábamos ayudando cuando llegaron un kiwi y otra aussie, empezaron las anécdotas y la plática se puso animada. Casi 20 indios, que no estaban relacionados entre sí ni hablaban más que un inglés elemental, o peor, se reunieron poco a poco a nuestro alrededor, a mirarnos de pie. Los indios son muy curiosos y despreocupados, por lo que uno se acostumbra a que lo estén viendo todo el tiempo, pero esa situación era tan extraña que les empezamos a hacer bromas sobre cuánto habrían pagado para ver nuestro espectáculo. No nos entendieron y siguieron en lo suyo: mirarnos.

Así llegó por fin el tren, con dos horas de retraso --normal--, y Sam subió a su litera, o se arrastró, más bien. Dos segundos después estaba dormida. Y seguía así pocas horas después, mientras sujetaba su mochila con cara de estoy soñando en el andén de Jodhpur, y la llevé a la consigna de equipaje para que nos guardaran las cosas.

Samantha, Fabio y Kate

Por fin llegamos a Rajastán, una de esas tierras de leyenda, de reyes, camellos y batallas. Jodhpur, con un hermoso castillo sobre la colina que controla la ciudad --desde donde la mirada del marajá determinaba la vida y la muerte de los súbditos, y donde las mujeres del harem tejían y destejían rumores y conspiraciones--, es una ciudad azul porque la gente le perdió el respeto a los brahmanes, la casta religiosa que domina a las demás, y robó el color característico de sus casas para aplicarlo en todas.

En las murallas del castillo conocimos a dos niños. Uno de ellos, de 10 años, era músico en formación y tenía una sonrisa muy carismática. Se lo quise endosar como prospecto a una chavalita australiana, de 9 años, hija de una pareja que conocimos, pero fracasé en mi intento emparejador. Qué bueno, siempre me sale mal, tal vez ni siquiera tenían futuro juntos.

Y así subí de nuevo a la pobre Samantha al tren. Ahora ronca en su litera, en un sueño en el que seguro se le confunden los continentes, las culturas, los climas y los idiomas. Si por alguna causa abriera los ojos ahora, no sabría en

Los bigotes le llegaban a la cintura

Y el cabello al piso
qué país ni en qué siglo está. Pero será mejor que los mantenga cerrados: le quedan sólo cinco horas antes de llegar a Jaisalmer, la ciudad del desierto, y nos esperan muchas horas a lomo de camello.


DÍA 238. JAISALMER, RAJASTÁN, INDIA: EL FUERTE DEL DESIERTO



No fue la belleza del silencio, tan raro en India, que parecía asentarse sobre el Gran Desierto del Tar con más suavidad que el aire. Tampoco abrir los ojos y ver la cara cómica de "Pancho Villa", mi camello remolón y distraído. Ni sobrevivir al peso de las cinco pesadas mantas de lana que tenía encima (que hacen muy bien su trabajo y no paso frío). Creo que lo que me sorprendió al despertar fue la poca cantidad de arena que teníamos encima. Digo, claro que estábamos llenos de arena, y cuando regresamos a Jaisalmer salió, pero es mucho menos de lo que imaginé.

Hace quince días vi el sol levantarse por atrás de los altos picos del Himalaya. Esta mañana se asomó entre las dunas: la gris membrana de la atmósfera pareció abrirse como embudo para parir un rojo y belicoso círculo ígneo.

Samantha, Joâo (un simpático portugués

Sadhu de Udaipur

Uno de los supuestos "hombres santos"
que nos acompaña) y yo nos acercamos a desayunar con el buen Badja, un rajastani musulmán que nos guía y cuida en todos los aspectos. Es genial este hombre: creo que es analfabeta y jamás ha salido del desierto, pero tiene un sentido del humor grato y veloz. Quiere su trabajo y cuida muy bien de los camellos. He oído de otros que tienen mucho menos cuidado.

Además, se las arregla con nada para hacer fuego y cocinarnos vegetales con chapatis, todo lo que queramos. Estábamos en eso cuando llegó Seru, el chico de once años que lo ayuda y que ayer en la noche se llevó a dos de los enormes jorobados a una aldea, para que tuvieran buena comida. Poco antes de que se fuera, nos había visitado un hombre que apareció de la nada, dejó algo y se fue. Más tarde, en la cena, tropecé con un par de zapatos tenis que no parecían faltarle a ninguno de nosotros. Badja dijo que pertenecían a Seru: el visitante era su hermano y lo había buscado para hacerle un regalo. Todos celebramos al chico, que sonreía feliz con sus ojos inmensos.

Imagino que debe ser una tortura

En el motorickshaw

Con Nandita (de Hyderabad) y Sam
usar zapatos cuando toda la vida has ido descalzo. Pero Seru llegó esta mañana, muy a tiempo con los camellos, guapo sobre su montura y luciendo los tenis en los pies. Estaba orgulloso.

Las jornadas sobre el camello son destructivas. Es la tercera vez para mí, lo hice hace un par de años en Egipto, pero por periodos breves. Cuando Badja los hace trotar, brincas y brincas sobre tus propias lonjas y al día siguiente estás que no te la acabas con la espalda. Así vamos, igual, subiendo dunas y atravesando aldeas rajastanis.

El Gran Desierto del Tar es fascinante, como también lo es su capital, Jaisalmer: una urbe de edificios ocres, en la que preside un castillo sin rival que es uno de los monumentos más vivos de India, en sentido literal: está habitado por miles de personas, que además ahí trabajan, han creado restaurantes y pensiones, y uno puede quedarse en la habitación construida sobre las murallas o en el dormitorio de los antiguos señores de una haveli (residencia de comerciantes adinerados). Es realmente una fortaleza con magia.

Los anfitriones de nuestra haveli son Dileep y Dinesh, quien se autodenomina Denis the Menace (Daniel el

Trabajo femenino

De lo mas comun en Asia.
Travieso) y cocina muy bien. ¡Ah, qué pancakes! Gente fina y entrañable que trata de conocer a sus huéspedes y hacerlos sentir en casa. Tal vez Denis se pasa un poquitín y ya se aparece hasta en mis sueños, pero con Samantha se lleva muy bien.

La otra noche le dio tequila. Pobre Sam, trajo una botella desde México para que nos la echáramos, pero llevo un mes y medio en una extraña fase abstemia en la que no se me antoja ni una chelita. Yo digo que es el ambiente: salvo Goa y algún otro rinconcito, India no es sitio para el reventón y, si no hay buena vibra, pues no tiene chiste. Así que la inglesita, a quien ya se le hacía de aserrín la garganta después de tantos viajes y polvo, convenció al inocente Denis de echarse un traguito, y... ¡casi se le van los ojos al pobre! Yo le dije que era mala, que debió haberlo advertido, pero el chico repitió y se puso alegre. ¡Ja! ¡Con dos!

Otras havelis de la ciudad, fuera del fuerte, se han convertido en hermosos museos. En una de ellas tuvimos una situación desagradable. Las fotos de arquitectura

Damnificado del tsunami

Doss muestra la biblia en el portal de su casa, donada por una ONG
son complicadas y yo, con mi camarita y sin tripié, estaba conteniendo la respiración para ajustar el ángulo que buscaba y no moverme al presionar el disparador. Samantha es latosa profesional y encontró una nueva oportunidad de ejercer: empezó empujándome, terminó haciéndome cosquillas. Un hombre al que no habíamos visto saltó indignado a gritarnos que respetáramos las costumbres de su país, pues desde su punto de vista estábamos haciendo inmoralidades.

Muchas veces hay turistas que se pasan. Creo que ya alguna vez narré que en el conservador y musulmán sur de Egipto, donde las mujeres van cubiertas totalmente de negro, las occidentales se muestran en bikini desde las cubiertas de los barcos. Algo peor ocurrió en Pushkar, otra ciudad de Rajastán, hace menos de un mes: una chica finlandesa tuvo la ocurrencia de desnudarse para bañarse en un lago sagrado y después corrió en cueros hasta su hotel. El escándalo se fue al cielo y los ulemas se quejan de que las turistas les meten tentaciones a sus ingenuos muchachos.

Dileep y Denis sostienen que al tipo que nos regañó lo había maltratado su mujer por la mañana y que por eso estaba enojado. Lo curioso es que

Primer aniversario del tsunami

Asistentes a la ceremonia en Mamallapuram
si yo hubiera hecho lo mismo, o más, con un hombre en lugar de una mujer, no hubiese habido problema.

Aunque Sam se lleva muy bien con nuestros anfitriones, ellos nunca la tocan. Conmigo, en cambio, lo hacen todo el tiempo e incluso me dan masajes de hombros a la primera oportunidad. En la calle es de lo más normal ver a un chico abrazado por otro y entre sus piernas. Suelen ir tomados de la mano. En privado, mucho más: en una visita que hice a casa de unos amigos hace tiempo, dos hermanos trataban de dormir. Entrelazados de brazos y piernas. El resto de la familia se dedicaba a molestarlos quitándoles la manta, lo que revelaba a mí y a todos la estrechez de su situación. Nadie lo veía impropio y la madre era una de las que no paraban de reír.

Entre personas del mismo sexo, casi todo se vale; la relación entre hombres y mujeres está prohibida. La sociedad tradicional hindú reprueba los contactos físicos.

Creo que la estructura machista de las sociedades latinas nos ha privado de muchas cosas, entre ellas de una mayor cercanía entre hombres. Hay algunos que se ponen

Primer aniversario del tsunami

Velas del recuerdo
muy nerviosos, si no es que de plano se irritan, ante la proximidad de alguien de su propio sexo.

Muchos otros hemos conseguido dar unos pasos y somos capaces de demostrarnos cariño y amor sin sentir que está en peligro nuestra identidad sexual. El machismo es un lastre del que nos urge liberarnos.

Me espanta, sin embargo, la otra cara de la misma moneda moralista y represiva que veo en India. Ese terror a la libertad en las relaciones humanas. Sin duda mi formación me afecta, pero el nivel de cercanía entre los hombres de aquí resulta excesivo para mí. Lo atribuyo a que todos tenemos necesidad de demostrar amor y a ellos les han quitado a sus mujeres. Yo no cambio las limitaciones bajo las que he vivido por las que hay aquí: prefiero darles besos a ellas que a ellos. Cuestión de gustos.

Mi experiencia en India refuerza mis sentimientos y convicciones al respecto del sexo opuesto (¿opuesto?, ¿estamos en guerra?). Me manifiesto por vivir con las mujeres, quererlas y hacernos querer como sus hermanos, amigos o parejas. Por ellas. Y por nosotros.


[/2]DÍA 242. UDAIPUR, RAJASTÁN, INDIA: EL PALACIO DEL LAGO

Primer aniversario del tsunami

Lamento

Udaipur es una ciudad genial para románticos, fans de James Bond, amantes del lujo y sociólogos preocupados por la locura del poder. En todo eso tiene que ver el palacio del lago.

Que va a dejar fascinados a muchos, junto con el propio lago, las islitas, los demás palacios y la bruma que sube y baja como los caprichos de una novia mimada. A otros les encantará saber que el palacio es la residencia repleta de bellas mujeres en la que vivía Octopussy, en la película homónima del 007. Unos más querrán colocar Udaipur como uno más de sus destinos de oro, al saber que los palacios tienen habitaciones de súperlujo construidas originalmente para satisfacer a un marajá...

...y a otros nos preocupa más la manera en que el de aquí y otros marajás rajputas crearon estas riquezas.

Si en los años 70 los jeques árabes se hicieron famosos por su ostentación y despilfarro, antes los que tenían esa reputación eran los marajás indios. De ahí vienen expresiones como "con lujo de marajá". ¿Qué pasaba con esos señores?

A pesar de su pequeño tamaño, algo así como Chihuahua y Sonora juntas o como la mitad de

Chicas de Elkanah

El orfanatorio de Mamallapuram
Francia, Rajastán nuna se unificó y estuvo dividido en pequeñas ciudades-estado que se dedicaban a destruirse unas a otras en guerras interminables. Esto, lógicamente, las debilitó e hizo presa de invasores extranjeros.

Los marajás pertenecían a la etnia rajputa y se guiaban por una serie de absurdos principios de caballería que obligaba a todo un pueblo a sacrificarse por el honor de su gobernante, y las disputas de estado tenían más que ver con pleitos personales que con irrenunciables intereses colectivos. Ser una de las muchas esposas del marajá era un privilegio delicado, porque si el señor se moría, todas las viudas tenían que hacer sati, esto es, inmolarse en su pira funeraria. (Esta práctica, común a otras regiones de India, está prohibida pero no ha desaparecido y la gente peregrina a las aldeas donde ha ocurrido un caso reciente para adorar a la suicida como divina).

Cuando llegaron los ingleses a conquistar Rajastán, descubrieron que la forma más sencilla de hacerlo era comprando a los marajás. El imperio reconoció sus títulos y privilegios y les concedió generosas rentas, que se obtenían, claro, de las contribuciones que se obligaba a pagar a la gente común. A cambio, Londres

Trio de Elkanah

El orfanatorio de Mamallapuram
se ocupaba de la administración y de hacer negocios. Y los marajás se libraron de la pesada carga de gobernar, ¡que lo hagan otros, vamos a gastar!